viernes, 23 de diciembre de 2011

Suite francesa... el último suspiro de Iréne Némirovsky



Este verano me regalaron un libro con el título Suite Francesa, de una autora de la que no había oido ni mencionar: Irène Némirovsky (Kiev, 1903-Auschwitz, 1942). El formato del libro (Ediciones Salamandra) es bastante curioso, como podéis ver en la imagen superior, con las esquinas de los cantos ligeramente redondeados. Pero lo sorprendente está en su interior, en lo que nos cuenta...

Comenzaré hablando de la autora, Irène Némirovsky: ver donde nació no proporciona ninguna pista, pero el lugar y fecha de su muerte (Auschwitz, 1942) ya despeja bastantes dudas. Si nos trasladamos a su niñez, con estas palabras de Mario Vargas Llosa nos podemos hacer una idea de lo dura que resultó:
“Irène Némirovsky conoció el mal, es decir, el odio y la estupidez, desde la cuna, a través de su madre, belleza frívola a la que la hija recordaba que los seres humanos envejecen y se afean; por eso la detestó y mantuvo siempre a una distancia profiláctica.”

Nació en Kiev en 1903, en plena Rusia Zarista; gran inconveniente teniendo en cuenta el antisemistismo que contagiaba de forma galopante a esta sociedad  y el origen judío de su familia. Con el triunfo de la revolución bolchevique y la consecuente expropiación de sus tierras, toda la familia tuvo que huir, primero al norte de Europa (Finlandia, Suecia...) y después a Francia. En la capital francesa contrajo matrimonio con el banquero judío Michael Epstein, dando a luz dos hijas: Denise y Elizabeth.

La felicidad no duró mucho, pues con la llegada del nazismo los problemas de antisemitismo comenzaron a causar estragos en la sociedad. Fueron varias las ocasiones en las que Nemirovsky y su marido intentaron sacudirse de encima su origen judío... pero todos los intentos fueron vanos: el gobierno francés rechazó su petición de nacionalización en 1938. En 1939, en otro intento de alejar la losa del judaísmo, ella y toda su familia se convirtieron al catolicismo, pero tampoco sirvió de nada. Víctimas de las leyes antisemitas promulgadas en octubre de 1940 por el gobierno de Vichy, su marido no pudo trabajar más en la banca e Irène no pudo volver a publicar.

En su retiro al pueblo de Issy-l'Évêque, en la región de Borgoña, cuando en toda Francia ondea la sombra de la esvástica, Iréne, a pesar de las dificultades, comienza un proyecto literario de gran envergadura: Suite Francesa. La autora sueña con un libro de mil páginas (mil años pretendía Hitler para su tercer Reich) compuesto como una sinfonía en cinco partes, en función de los ritmos y las tonalidades. Para ello toma como modelo la Quinta Sinfonía de Beethoven. En estas mil páginas pretende contarnos el éxodo del pueblo francés durante la ocupación nazi. Os aseguro que pocas personas en la literatura lo han contado de una manera tan brutal y conmovedora a la vez. Rodeada de ese huracán de miseria y desolación, sufriendo constantes amenazas de presidio, Iréne solo pudo completar dos de las cinco partes de las que en principio pretendía: "Tormenta en junio" y “Dolce”.

La primera de las partes, Tempête en juin ("Tormenta en junio") retrata la huida de los ciudadanos de París en los días inmediatamente anteriores y posteriores a la invasión alemana. Narra así mismo la crueldad de los franceses con sus conciudadanos y el egoísmo y cobardía de los altos cargos abandonando sus puestos y dejando a su suerte a las personas que ya no sabían a quien recurrir para pedir ayuda. La segunda parte, Dolce ("Dulce"), muestra la vida en un pequeño pueblo de provincias al este de la capital, Bussy, en los primeros meses de la ocupación alemana. Volvemos a la crueldad entre los propios habitantes y a las amistades que surgen entre soldados alemanes y mujeres francesas, lo que provocaba no pocos celos y deseos de venganza entre los varones de la localidad. Los alemanes no quedan tan mal parados en esta parte, pues los muestra como personas muy educadas y cálidas en el trato cercano; por otro lado los muestra fríos e impasibles a la hora de cumplir con sus obligaciones... no dudan en fusilar al que se salta las normas.

Como decía anteriormente, Iréne Némirovsky no pudo completar su obra... El 13 de julio de 1942, los gendarmes franceses llaman a la puerta de los Némirovsky. Van a detener a Iréne. Es enviada a un campo de concentración en Pithiviers, donde la retuvieron durante un día para después terminar en Auschwitz.  Allí es asesinada el 17 de agosto (no está claro si su muerte se produjo por el tifus o en cámara de gas, pero poco importaba pues su vida quedó destrozada cuando la separaron de sus hijas). Tras la marcha de Iréne, su marido Michel Epstein no ha comprendido que el arresto y la deportación significan la muerte. Todos los días aguarda su regreso, y exige que pongan su cubierto en la mesa en cada comida. Más tarde seguirá intentando localizarla sin saber que ya está muerta...

“La respuesta del gobierno de Vichy será el arresto de Michel en octubre de 1942. Lo internarán en el Creusot y luego en Drancy, donde su anotación de registro indica que le confiscaron 8.500 francos. Será a su vez deportado a Auschwitz el 6 de noviembre de 1942, y ejecutado al llegar.” leemos en la introducción de la obra.
No me puedo olvidar de las dos pequeñas, Denise y Elizabeth Epstein; ambas vivieron escondidas durante la guerra y sobrevivieron gracias a una antigua niñera, que las ocultó en establos, conventos, refugios de pastores y casas de amigos. Su abuela materna, se negó a recibir a sus nietas de forma despiadada y cruel: "¡Si se han quedado huérfanas, lárguense a un hospicio!", fue todo lo que las dijo sin llegar a abrir la puerta de su mansión.

Antes de ser deportada al campo de concentración, Némirovsky introdujo el manuscrito de Suite Francesa en una maleta. Mario Vargas Llosa, en su artículo Bajo el oprobio, relata este episodio:
“... las niñas arrastraban una maleta con recuerdos y cosas personales de la madre. Entre ellas había unos cuadernos borroneados con letra menudita, de araña. Ni Denise ni Elizabeth se animaron a leerlos, pensando que ese diario o memoria final de su progenitora, sería demasiado desgarrador para las hijas. Cuando se animaron por fin a hacerlo, 60 años más tarde, descubrieron que era una novela: Suite francesa.”

Manuscrito de Suite Francesa oculto durante 60 años

Lo que más me sorprende de esta obra es que fuese concebida en unas condiciones tan miserables y nefastas, sabiendo (como lo demuestran las cartas personales que aparecen como anexo de este libro) que la muerte rondaba bajo la ventana del escritorio de la autora. Testimonio de este temor queda patente en la primera frase con la que comienza la obra:

“Para levantar un peso tan enorme,
Sísifo, se necesitaría tu coraje.
No me faltan ánimos para la tarea,
mas el objetivo es largo y el tiempo, corto.”


En una carta dirigida a su director literario, Albin Michel, Iréne no deja ninguna duda sobre su certeza de que no sobreviviría a la guerra que los nazis habían declarado a los judíos: “Querido amigo... piense en mí. He escrito mucho. Supongo que serán obras póstumas, pero ayuda a pasar el tiempo”. Toda esta correspondencia, junto con la de su marido, repito,  las podréis leer en los anexos que aparecen al final del libro... os advierto que resulta duro.

Desde el comienzo Iréne ya era consciente de que no podría poner la palabra Fin a su libro y así fue como ocurrió. Me resulta conmovedor empezar una obra sabiendo las circunstancias tan horribles y el final tan trágico, no de la obra sino de su autora. La sensación ha sido semejante a cuando empecé a leer el Diario de Ana Frank, otro libro que me dejó bastante 'tocado'.

Irène Némirovsky fue una mujer especial, fuera de lo común. Por eso os invito a que leais esta impactante novela, plagada de sueños rotos, de almas corrompidas y de aptitudes brutales... pero también conmovedora, tierna, dulce y encantadora.


El matrimonio Epstein_Némirovsky junto a sus hijas

Fuentes:

  • NÉMIROVSKY, Iréne. Suite Francesa. [traducción de José Antonio Soriano Marco]. Barcelona : Salamandra, 2010



lunes, 5 de septiembre de 2011

Kurt Wallander



















Desde hace varios años la novela negra sueca está de moda en nuestro país. Cuando hablamos de este género, que ha viajado desde el país escandinavo para invadir los estantes de las librerías españolas, seguramente que nos llega a la mente la saga Millenium del desaparecido Stieg Larsson, protagonizada por Mikael Blomkvist y su extravagante compañera Lisbeth Salander. Por suerte, pude descubrir mucho antes de este "boom" literario a Kurt Wallander, inspector de policía de Ystad, una pequeña localidad situada al sur de suecia. Digo por suerte porque Henning Mankell es uno de los precursores de la novela negra de origen escandinavo y gran responsable de su propagación al resto de Europa y del mundo.

Mankell utiliza la novela negra para indagar en lo profundo de la sociedad actual en general y de la transformación que está sufriendo el país sueco en particular. Pero esos mismos problemas son los que invaden las calles de cualquiera de nuestras ciudades. Si descendemos a lo más profundo de sus páginas seremos testigos del inminente desplome de una sociedad con la inquietante incertidumbre de no saber que depara el futuro. En este aspecto las novelas del escritor sueco son de gran actualidad.

Pero el epicentro de toda su literatura es, sin duda alguna, el inspector Kurt Wallander: inspector de policía que ronda los cincuenta años de edad y un gran aficionado a la ópera. A Wallander le cuesta cada vez más dirigirse todas las mañanas a su lugar de trabajo, la comisaría situada en el centro de Ystad. En su interior va creciendo el sentimiento de que se encuentra ante una sociedad que cada vez le resulta más extraña. En ocasiones le asalta un deseo desmesurado de abandonar ese trabajo, incluso de vender su casa y salir de Suecia. Pero estos arrebatos dan paso a una meditación profunda y, al final, la conclusión a la que llega es que solo existe un camino para él: ser policía.

No estamos ante un tipo duro de estilo Hollywoodiense, es decir, un tío alto, cachas y que no se despeina ni aunque le bombardeen... todo lo contrario. La vida de Wallander es un auténtico desastre: no hay más que asomarse a su piso de la calle Mariagatan (si leéis todas las novelas de Wallander os resultará más familiar que vuestra propia calle) para observar el desorden y la soledad que le rodea. Sufre constantemente problemas de salud debidos, en gran parte, a una desastrosa alimentación basada en comidas rápidas y a deshora. La falta de sueño es otro agravante, pero no es de extrañar si tenemos en cuenta las enormes cantidades de café que consume al cabo del día. Esta bebida es indispensable en la comisaría donde se celebran las reuniones para resolver los casos... Para un lector cafetero como yo, no deja de ser un aliciente más.

Indagando en sus sentimientos podemos decir que el inspector sueco es muy nostálgico, pues recuerda con bastante frecuencia a las personas que han marcado su vida: en su trabajo no deja de pensar en Rydberg, compañero fallecido por una enfermedad que le enseñó a ser un buen policia; siempre que se le presenta un caso de extrema complejidad, Wallander recurre imaginariamente a su añorado amigo para pedirle consejo. Estos recuerdos resultan bastante emotivos para el lector, por lo menos en mi caso. Wallander está divorciado de Mona, su exmujer, con la que tuvo una hija, Linda, que aparece en todas sus novelas y que acabará por seguir sus pasos como policía. No deja de pensar en amores que fueron imposibles, como Baiba Leipa, una hermosa mujer de Riga (capital de la República báltica de Letonia), con la que mantuvo una relación que lo dejaría profundamente marcado.

Los únicos amigos que tiene se van de Suecia, su padre acaba de morir y apenas ve a su hija; para colmo siente que sus compañeros hablan a sus espaldas y dudan de su capacidad como inspector jefe... Cada vez le asusta más la soledad en la que está envuelto y ese sentieminto le llena de una intensa angustia.

Me faltan por leer las dos últimas novelas de la serie Wallander: La pirámide y El hombre inquieto. Wallander es un personaje que se hace querer. Creo que va a ser duro despedirme de él en su última novela. No se exactamente donde va a ir a parar y si conseguirá enderezar el rumbo para afrontar la última parte de su vida. Lo que tengo claro es que siempre ocupará un lugar importante entre mis amigos imaginarios...

Referencias
 

Mankell, Henning. Asesinos sin rostro. Traducido del sueco por Dea Marie Mansten y Amanda Monjonell Mansten. Barcelona : Tusquets, 2001 
 

Mankell, Henning. Los perros de Riga. Traducido del sueco por Dea Marie Mansten y Amanda Monjonell Mansten. Barcelona : Tusquets, 2002
 
 
Mankell, Henning. La leona blanca. Traducido del sueco de Carmen Montes Cano. Barcelona : Tusquets, 2003

Mankell, Henning. El hombre sonriente. Traducido del sueco de Carmen Montes Cano. Barcelona : Tusquets, 2003


Mankell, Henning. La falsa pista. Traducido del sueco de Carmen Montes Cano. Barcelona : Tusquets, 2001

Mankell, Henning. La quinta mujer. Traducido del sueco de Marina Torres. Barcelona : Tusquets, 2000

Mankell, Henning. Pisando los talones. Traducido del sueco de Carmen Montes Cano. Barcelona : Tusquets, 2004

Mankell, Henning. Cortafuegos. Traducido del sueco de Carmen Montes Cano. Barcelona : Tusquets, 2004


Mankell, Henning. La pirámide. Traducido del sueco de Carmen Montes Cano. Barcelona : Tusquets, 2005


Mankell, Henning. El hombre inquieto. Traducido del sueco de Carmen Montes Cano. Barcelona : Tusquets, 2009

viernes, 8 de julio de 2011

La señora Dalloway (1925) / Virginia Woolf (Londres, 1882 – Lewes, Sussex, 1941)




















“Siempre había considerado que era muy, muy peligroso vivir, incluso un solo día”
(Clarissa Dalloway)


"La señora Dalloway" transcurre en un solo día; un día de junio de 1923 soleado y cubierto por un cielo azul que invita a pasear por los parques que motean de verde la ciudad de Londres. Pasear por Regent’s Park para después ir a comprar unas flores... así comienza el día Clarissa Dalloway.

Ese mismo día iluminado por el mismo sol nos encontramos con Septimus, héroe de la Gran Guerra que como medalla cuelga una locura que le impide la felicidad al lado de su mujer, Rezia. Septimus y Clarissa Dalloway no llegan a conocerse. Mientras ella prepara una fiesta en su casa... él prepara su muerte.

Otro de los protagonistas con un importante papel en la novela es el Big Ben, que va lanzando las horas que marcan el ritmo de la vida a los londinenses. Peter Walsh lo describe así:
“¡Ah!. Comienza. Primero un aviso musical; luego, la hora, irrevocable. Los círculos de plomo se funden en el aire”.

Estas horas y esta ciudad es lo único tangible de la novela; lo demás son todo recuerdos. El tiempo avanza mientas los recuerdos retroceden.

Todos los personajes mantienen pensamientos silenciosos, o más bien discursos interiores. Estos pensamientos son recuerdos de la infancia en Bourton y un matrimonio rechazado para Clarissa; para Septimus, cambiando Bourton por un campo de batalla, la infelicidad absoluta.

Los recuerdos afloran en la mente de la señora Dalloway cuando recibe, por sorpresa, la visita de Peter Walsh, recién llegado de la India, con el que no quiso casarse cuando era joven. Ahora piensa cómo habría sido su vida al lado de Peter. Pero la realidad es que se casó con el congresista Richard Dalloway. Decidió la comodidad y la buena posición social en detrimento de una vida romántica y aventurera.

Después de esta visita Clarissa se queda en su cuarto, invadida de recuerdos; mientras, Peter Walsh sale a caminar por las calles de Londres, desgranando su pasado, su presente y, como corresponde a todo aventurero, su incierto futuro. A partir de este momento el narrador, al cual hemos concedido el privilegio de inmiscuirse libremente en la psicología de los personajes, no hace más que pasar de una corriente de pensamientos a otra, haciendo que los personajes coincidan por el tapiz londinense y asistiendo, en ocasiones, a los mismos acontecimientos, como el paso del coche del príncipe, el aeroplano surcando el cielo con un cartel anuncio, o la ambulancia con la que se cruza Peter y que, sin mencionarse en la novela, transporta a un Septimus moribundo al hospital.

Toda la construcción de la trama consiste en formar una elipse, con Clarissa en un extremo y, en un segundo foco, el joven Septimus. El nudo de la trama consiste en que el doctor Bradshaw, el último que ha tratado a Septimus, comente en la fiesta el suicidio del joven combatiente retirado.

Virginia Woolf demuestra en esta obra que no hay nada parecido a un solo día...


Referencias

  • Woolf, Virginia. La señora Dalloway. [traducción de Andrés Bosch ; prólogo de Josefina Aldecoa]. Madrid : Unidad Editorial, [1999]

jueves, 30 de junio de 2011

A sangre fría / Truman Capote (Nueva Orleáns, 1924 - Los Ángeles, 1984)
















Bautizada por el propio autor como una “non fiction novel” (novela de no-ficción) y por la crítica como “nuevo periodismo”, A sangre fría es, por encima de todo, literatura. El autor utilizó las técnicas del periodismo como herramienta fundamental, como principal andamiaje con el que poder construir su obra. Pero el duende literario corretea de forma trepidante por cada una de las páginas de este libro sin dejarse ni una.

Lo peor de esta novela (macabro podríamos decir) es que se gestó en la mente del autor cuando leyó con sus lúcidos e inquietos ojos azules, en un artículo publicado el 16 de noviembre de 1959 en el New York Times, la noticia del macabro asesinato de los cuatro miembros de una familia de granjeros en un remoto pueblo de Kansas a manos de un par de individuos que se llevaron un botín ridículo, “unos cuarenta dólares”. Se trataba de un crimen brutal, sin un móvil aparente. Este móvil, lo que llevó a Dick y Perry a asesinar a los Clutter, es el gran enigma de la novela, algo que traspasa la frontera del entendimiento humano... Truman Capote se vació física y moralmente intentando dar respuesta al porqué de este suceso.
"Escribir el libro no me resultó tan difícil como tener que vivir con él"

Acompañado por su amiga íntima, la escritora Harper Lee (autora de la inmortal obra Matar a un ruiseñor), Capote logró entrevistarse con la policía y algunos conocidos de los Clutter. Lo más sarcástico de todo es que logró manterner una estrecha relación con los dos autores del delito, sobre todo con Perry, con el que mantuvo correspondencia epistolar. Desde luego que esto no hizo mucha gracia entre los habitantes de Holcomb, pueblo donde se cometieron los asesinatos. Actualmente, a modo de anécdota, se conservan ocho ejemplares de esta novela en la biblioteca pública de esta pequeña localidad, pero casi ninguno de sus vecinos le presta el menor interés, no les gusta hablar del tema. Es triste que un pequeño rincon del mundo pase a ser conocido como el escenario de uno de los crímenes más brutales que se recuerdan.

Después de A sangre fría, Capote no volvió a escribir nada de importancia, coloquialmente hablando no dio pié con bola, precipitándose de forma gradual en una espiral de autodestrucción. Intentó mejorar su imagen en una de sus últimas obras, Música para camaleones, pero él mismo se definía a través de su gemelo imaginario: 
“Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio.”
... Todo era cierto.

Pasamos a la historia, que narra de forma paralela la vida de los verdugos y de sus víctimas. El retrato psicológico de cada uno de los personajes es asombroso. Consigue que sean los propios protagonistas los que te cuenten su vida, ocultando de forma magistral la presencia del autor. El grado de intimidad que alcanzas con los personajes es insospechado. En algunos momentos detienes la lectura, asombrado, pensando en que durante varias páginas has sentido simpatia por los asesinos... Teniendo en cuenta lo que hicieron, pone los pelos de punta. Por eso tiene tanta importancia conocer los hechos desde el principio... Es lo que quería Truman Capote (Amigo íntimo de Andy Warhol, que le consideraba un ídolo), poner a prueba nuestra moral.


Todo comienza un día antes del 15 de noviembre de 1959. La noche es fría en un recóndito y solitario pueblo de Kansas. Un coche con dos pasajeros avanza por los caminos polvorientos y solitarios mientras el viento mueve los matorrales que, rodando a trompicones, se cruzan ante sus miradas como animales asustados. Noche, frío y silencio ocultan cuatro disparos que revientan la oscuridad... cuatro que acabaron con seis vidas.

Referencias

  • A sangre fría / Truman Capote. [traducción de Fernando Rodríguez ; prólogo de Clara Sánchez]. [Madrid] : Unidad Editorial, [1999]

jueves, 16 de junio de 2011

Lord Jim / Joseph Conrad (Polonia, actual Ucrania 1857 – Inglaterra 1924)















Como lo prometido es deuda, esta semana vengo con algo más agradable que la anterior entrada. Es fácil, sobre todo habiendo viajado por mares exóticos y desembarcado en multitud de puertos de la mano de un genio en estos lares, Joseph Conrad. El escritor de origen polaco y nacionalidad británica, nos traslada a través de la inmensidad de los oceános y de las almas de las personas que se juegan la vida al cruzarlos. Como el protagonista de esta novela, Lord Jim... uno de los nuestros.

Los paisajes que tan minuciosa y admirablemente describe Conrad en sus novelas son como sus personajes: están rodeados de sombras, son siluetas difusas que se mueven a través de una niebla espesa donde cada paso, cada avanzada, supone un misterio y un desafío al destino. Esos personajes están ligados profesional y sentimentalmente al mar. Es su patria, la única que se atreven a reconocer como verdadera... su hogar anhelado y su tumba esperada.

Lord Jim es el personaje que mejor encaja dentro de estos paisajes. A este joven de naturaleza inquietante e indómita nos lo describe su propio creador:

“...tal vez, mi Jim no sea un arquetipo de los más comunes. Pero, sin posibilidad de error, les puedo asegurar a mis lectores que no se trata del producto de un pensamiento frío y pervertido. No es tampoco una figura procedente de las Nieblas del Norte. Una mañana soleada, en el ambiente vulgar de una rada oriental, lo vi pasar: conmovedor, relevante, envuelto entre sombras y absolutamente silencioso. Como debe ser. Me correspondía a mí, con toda la comprensión y afecto de los que fuese capaz, buscar las palabras apropiadas para lo que él representaba. Era «uno de los nuestros»”.
Para Jim el honor es el valor supremo de la conducta humana. Su vida va a estar marcada, primero, por mantener férreamente ese código; después, el resto de su vida, tendrá una lucha consigo mismo buscando ese honor que un fatídico día perdió a bordo de un barco, el Patna.

“[...] Era un vapor del país, viejo como las colinas, flaco como un galgo, comido de óxido como un depósito de agua en desuso. Era propiedad de un chino, lo fletaba un árabe y lo mandaba una especie de renegado alemán de Nueva Gales del Sur que maldecía a su patria siempre que podía [...]”
La grieta que se abrió en el viejo casco del barco provocó la apertura de otra similar en el alma del joven Jim. El barco, que transportaba a 800 peregrinos musulmanes que se dirigían a la Meca, amenazaba con irse a pique. Sin llegar a explicarse nunca como pudo hacerlo, Jim saltó del barco a un bote salvavidas, abandonando a su suerte a todos los pasajeros. El Patna finalmente no se hundió... si lo hizo el honor de nuestro protagonista, tocando fondo.
“[...] el Patna estuvo pintado por fuera y enjabelgado por dentro, unos ochocientos peregrinos (más o menos) subieron a él mientras permanecía atracado a un muelle de madera, con la caldera encendida. Accedieron al barco por tres planchas de embarque, en tropel, empujados por la fe y la esperanza del paraíso, con un ruido continuado de pies desnudos, sin decir palabra, sin un murmullo, sin mirar atrás. Y cuando pasaron las barandillas que encauzaban la corriente humana, se derramaron por cubierta en todas direcciones, de popa a proa, precipitándose por las escotillas abiertas y ocupando hasta el último recoveco, como agua que llena una cisterna, que se cuela por grietas y rendijas, que sube en silencio hasta igualarse al filo del recipiente. Ochocientos hombres y mujeres se habían congregado allí, cada uno con su fe y sus esperanzas, sus afectos y sus recuerdos.”

La narración de toda la historia corre a cargo de Marlow, el mismo que nos acerca África en El corazón de las tinieblas. Los sentimientos de Marlow hacia Jim son contradictorios: en ocasiones siente lástima y se preocupa por el incierto destino del joven; otras, no soporta su pesimismo crónico. Pero siente admiración por Jim y se convierte en su confidente y protector; como no se cansó de repetir durante todo su relato Jim “era uno de los nuestros”

Convencido de que jamás recuperará la reputación en occidente, Jim se dirije hacia el este, hacia las tierras del sol naciente.
“Conforme pasaban los años se supo de él en Bombay, en Calcuta, Rangún, Penang, Batavia...”.

Pero en cada puerto desembarcaba, junto con su equipaje, todos los recuerdos del Patna. Permanecía poco en su destino y volvía a huir, hasta que al final se aleja para siempre de los hombres blancos instalándose en una selva virgen malaya, la imaginaria Patusán, cuyos pobladores lo tratan como a un semidios bautizándolo como Tuan Jim, Lord Jim.

En esta tierra rodeada de mar, sin contacto con el mundo, encuentra la paz de espíritu que desesperadamente había estado buscando; las personas confían en él y por una vez se siente necesario para proteger sus vidas... también llega el amor, algo en lo que nunca había pensado.
"[...] ella, tras devolverle la mirada, arrojó al río la antorcha encendida con un gesto amplio del brazo. La luz ardiente, rojiza, surcó la noche, se hundió con un fuerte silbido, y cayó sobre ellos sin obstáculos la luz de las estrellas, suave y tranquila."


"[...] El mundo estaba en silencio, recibían el aliento de la noche, de una de esas noches que parecen creadas para albergar la ternura, y existen momentos en que nuestras almas, como liberadas de su envoltorio oscuro, brillan con una sensibilidad exquisita que da a ciertos silencios una lucidez mayor que si fueran discursos."
La felicidad parece conquistar a nuestro protagonista... pero solo lo parece.

Cuando todo el poblado se encuentra en paz y tranquilo, llega de improvisto un barco de piratas comandados por el que se hace llamar Caballero Brown. Este personaje, malvado y siniestro, trae viejos recuerdos que Jim creía olvidados. Jim mantiene una conversación a solas con el pirata, pero solo consigue que en el “casco” que protege su alma vuelvan a asomar las grietas que un día provocaron su caída al fondo de un oceano de pesimismo. ¿Se hundirá de nuevo?... El final lo dejo en vuestras manos.


Referencias

  • Conrad, Joseph. Lord Jim. [traducción de Javier Franco]. Madrid : Unidad Editorial, [1999]
  • Imágenes: fotogramas de la película Lord Jim (1965), dirigida por Richard Brooks

lunes, 23 de mayo de 2011

La Cena secreta



No suelo hablar de libros malos,  pero hoy no es que tenga muy buen día y me apetece destripar alguno...

Poco puedo decir de este libro; es el primero (y seguramente el único) que leo de este autor. Sigue la tónica de los cientos y cientos de libros de contenido esotérico que han salido al mercado tras el éxito de ventas de "El código da Vinci" de Dan Brown: ese pseudogenio que no tiene ni idea de lo que es este país (en su libro "La fortaleza digital" nos pone como zarrapastrosos tercermundistas y tampoco estamos para tanto... de momento). Sin ir más lejos, esta "Cena" de Javier Sierra es una copia cutre del código de Mr. Brown, pues en ambos se pervierte la obra de un genio que ya no se puede defender ante semejante basura lanzada contra su talento.

El tema del libro gira en torno al mural de la Última Cena que Leonardo da Vinci pintó en Santa María delle Grazie, Milán. Hasta allí se traslada un monje dominico, que por lo visto pertenece a una especie de CIA de la Inquisición, para intentar desenmascarar al autor de unos crímenes que además es aficionado a los acertijos.

Bueno, pues entre leonardos, inquisidores, acertijos y algún crimen que otro llegamos al final... Si hay algo que no soporto es tener que leerme un libro para que la trama planetocósmica que esconde la obra sea una puñetera frase leída del revés. Si, tal cual, ese es el hipersecreto del libro. Lo peor de todo es que a mitad de la lectura ya sabes en que va a consistir el secretazo.

Reconozco que tengo buenas tragaderas a la hora de leer, pues siempre tengo que terminar un libro si decido empezarlo. Aún así, este defecto, del cual no he podido librarme, es imprescindible si se quiere hacer una crítica sincera y, sobre todo, honesta de la obra en cuestión.
La próxima prometo traer algo mejor...

martes, 17 de mayo de 2011

Una novela en nueve cartas / Dostoievski (1847)
















“La ciudad más burocrática de la Tierra”, decía mi amigo Dostoievski al contemplar la ciudad de San Petersburgo.

Al igual que hizo con Pobres gentes, el autor ruso, siguiendo la línea de Gógol, quiso plasmar en esta novela una de las formas de comunicación más habitual entre los habitantes de esta ciudad acariciada por el río Neva: la correspondencia.

Dostoievski, en un paréntesis literario, se aparta de la seriedad de sus novelas predecesoras para instalarse en la ironía añadiendo tintes humorísticos. Los protagonistas, dos amigos estafadores, Píotr Ivánovich e Iván Pétrovich (Dostoievski, en un malabarismo onomástico, intercambia sus nombres para indicarnos que los dos son lo mismo) tienen un negocio que consiste en estafar en el juego a un joven, Yevgueni Nikoláievich, al que no dudan en tachar de “ingenuo”. Iván presta a su “amigo” 350 rublos para salir adelante con el negocio; evidentemente no los vuelve a ver... Esta deuda es el origen de la correspondencia entre ambos. En total se intercambian nueve cartas, que poco a poco van subiendo de tono, llegando incluso a amenazarse. La ironía juega una mala pasada a estos dos estafadores, pero para saberlo tendréis que leer esta magnífica correspondencia.



Referencias

  • Dostoievski, Fiodor. Obras completas. [traducción... del ruso, introducción, prólogos, notas y censo de personajes, por Rafael Cansinos Assens]. Madrid : Aguilar, 1949
  • Serrano Martínez, Jorge. Dostoiévski: entre el bien y el mal. Madrid: Complutense, 2003


sábado, 14 de mayo de 2011

La patrona / Dostoievski (1847)














Me siento totalmente absorbido por la literatura de Dostoievski. Estoy haciendo una génesis de su obra y ya he comentado en este blog Pobres gentes, El doble y El señor Projarchim entre sus primeras obras (además de El jugador, pero esta es más tardía). Lo que más me emociona es que en este camino me espera lo mejor del autor moscovita, su etapa de madurez, su areté literaria. Acabo de leer La patrona (Chozjájka en ruso, por si hay alguien más allá de los Urales que lea esto…), novela corta publicada en 1847 que le sirvió para ganarse la enemistad de sus antiguos admiradores. Dostoievski rompió con el papa de la crítica literaria, Belínski, porque éste había escrito una crítica feroz de esta obra (llegó a decir que era un "absurdo psicológico").

Nietzsche calificó a Dostoievski como el único "psicólogo serio" que había dado la humanidad… el creador de El Anticristo estaba considerado un loco, pero no le faltaba razón al realizar esta afirmación, sobre todo si trasladamos la psicología al terreno de la literatura.

La patrona pertenece a la realidad y a la fábula al mismo tiempo. Crea una historia que camina entre la realidad y en el delirio de la mente humana, como un acróbata que, con una pequeña pértiga en la mano, se dispone a cruzar un abismo a través de un pequeño cable de acero. Pero Ordinov, el personaje principal, no es el único que confunde sueños y realidad… Dostoievski tiene la habilidad suficiente para que esa confusión se traslade al lector. Nos pone un cebo en el que pronto quedamos atrapados.

Para que os familiaricéis con la obra un poco…

Ordinov, nuestro personaje principal, vive en la más absoluta soledad. Apenas se ha relacionado con la gente pues toda su vida ha estado consagrada a la ciencia. Un día, mientras pasea por las calles de San Petersburgo...


“Se le ocurrió de pronto un nuevo pensamiento nada tranquilizador: Se había pasado toda la vida solo, no existía una sola persona en este mundo que le tuviera afecto y tampoco llegó a tener ocasión de tomárselo a nadie. Intentó trabar conversación con varios de los transeúntes que se cruzaban con él, pero éstos le miraron asombrados y de un modo muy particular.”
“De pronto, oyó un sordo rumor de pasos que, acompasadamente, se acercaban desde la puerta. Se volvió para mirar; apenas divisó a las dos personas que entraban, se apoderó de él una curiosidad inexplicable. Se trataba de un hombre de edad y una mujer joven. El viejo era un hombre corpulento, todavía erguido y fuerte, pero en extremo delgado y de una palidez enfermiza.”
La mujer a la que alude este párrafo se llama Katerina; una joven de extraordinaria belleza que va a transformar por completo la vida de nuestro protagonista. A partir de ese momento queda tan profundamente enamorado de su belleza que comienza a perder el juicio. Quiere saber todo acerca de esa mujer y del compañero, un viejo extraño, mitad bandido, mitad santurrón, al que llama Murin y que ejerce una misteriosa influencia en ella.

Ordinov consigue alquilar un pequeño rincón de un cuarto que linda con la habitación de esta misteriosa pareja. Katerina parece vivir en un continuo tormento; se pasa el día rezando y se despierta por las noches entre sollozos. Durante el día, en sus conversaciones con Ordinov, no hace más que hablar de cosas extrañas

“El dice que cuando se muera vendrá a buscar mi alma pecadora. Yo le pertenezco. Le he vendido mi alma. Y ahora no hace más que atormentarme y leerme cosas terribles de sus libros. ¡Mira, allí tiene el libro! ¡Allí! El dice que estoy en pecado mortal. Mira su libro. ¡Allí está!”
No recuerda bien los acontecimientos que la llevaron a alcanzar ese estado mental pero quiere hacer de Ordinov un confidente de sus desdichas y trata de contarle los hechos, que no dejan de ser una mezcla de heroísmo, sangre y raptos místicos...
“Era una noche como ésta —empezó Katerina—, aunque más oscura y terrible, porque el viento silbaba en el bosque como jamás lo había oído. Aquella noche fue la de mi perdición. Se desgajó la encina que estaba delante de nuestras ventanas. No sé, pero el viejo mendigo que siempre llamaba a nuestra puerta —era un hombre muy, muy viejecito— decía que él recordaba desde siempre aquella encina, y que cuando era pequeño, aquel árbol era tan corpulento como entonces, cuando el huracán lo partió.”
Termino esta entrada dejando el fragmento de la obra que narra el episodio de la barca, tremendamente misterioso y una de las claves de la novela…

Subimos a la barca. La noche era muy oscura, no había estrellas, y el viento aullaba, levantando las olas. Ya estábamos a una versta de la orilla. Todos íbamos en silencio. «Se avecina tormenta —dijo finalmente mi amo—. Y esta vez no promete nada bueno. Jamás he visto en el río una noche como ésta. Con el temporal, la barca no podrá soportar el peso de tres personas.» «Tienes razón —respondió Aliosha, con voz vibrante por la emoción—, no puede soportar tres personas. ¡Uno de nosotros sobra!» «Bueno, ¿y qué vamos a hacer, Aliosha? —dijo mi amo—. Yo te conozco desde que eras pequeño, y a tu padre, que esté en la gloria. El y yo hemos bebido juntos y hemos compartido también el pan y la sal. Así que, dime, Aliosha, ¿podrías tú llegar desde aquí a la orilla sin barca; o perecerías? ¿No podrías, en caso de necesidad, llegar a la orilla?» «No —respondió Aliosha—, no podría alcanzarla.» «Pero ¿quién sabe? Tal vez tengas suerte y puedas llegar a ella.» Entonces, mi amo, volviéndose hacia mí, dijo: «Bueno, pues escúchame, Katerinuschka, hermosa e inapreciable perla mía. Recuerdo una noche semejante a ésta, sólo que entonces no se encrespaban las olas, y había estrellas en el cielo y brillaba también la luna. Dime, te lo pregunto sin la menor intención, ¿te acuerdas tú también de esa noche?» «Sí», respondí. «Pues si no la has olvidado, recordarás asimismo que un hombre temerario indicó a una linda muchacha de qué modo podría recobrar su libertad, cuando dejara de amarle. ¿Lo recuerdas?» «También de eso me acuerdo», repuse, más muerta que viva. «Bueno, pues mira, tres personas son demasiada carga para esta barca. ¿No le habrá llegado a alguno de nosotros su hora? Amor mío, habla, di una sola palabra, palomita mía...»



Referencias

  • Dostoievski, Fiodor. Obras completas. [traducción... del ruso, introducción, prólogos, notas y censo de personajes, por Rafael Cansinos Assens]. Madrid : Aguilar, 1949

viernes, 6 de mayo de 2011

Todo modo / Leonardo Sciascia



— ...contésteme de la forma más directa y sencilla, ¿qué es la Iglesia?
—Un sacerdote bueno le respondería que es la comunidad convocada por Dios; yo, que soy un sacerdote malo, le digo: es una balsa, La balsa de la Medusa, si quiere, pero una balsa.
—Recuerdo el cuadro de Géricault, pero no recuerdo qué sucedió en aquella balsa, aunque hace años leí un libro al respecto. Algo terrible, proverbialmente... ¿Se salvó alguien de aquella balsa?
—Quince, de ciento cuarenta y nueve: tal vez demasiados... ¡Oh, no! No me refiero a La balsa de la Medusa, sino a la de la Iglesia. Diez es un porcentaje más bien alto.
—¿Y qué hicieron aquellos quince para salvarse?
—No me interesa. Es decir, no me interesa en la medida en que La balsa de la Medusa es para mí una metáfora de lo que es la Iglesia.
—Prefiero morir inmediatamente en el naufragio.
—No, usted está nadando para alcanzar la balsa. Porque el naufragio ya se produjo...
Todo modo / Leonardo Sciascia (Racalmuto, Agrigento; 8 de enero de 1921 - Palermo, 20 de noviembre de 1989)

«Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo» decía Ortega y Gasset en Meditaciones del Quijote. Esta frase define fielmente a nuestro escritor de hoy, Leonardo Sciascia, pues el principal rasgo que destaca de su personalidad y su obra literaria deriva de su origen siciliano. La savia que nutre su literatura es la realidad humana, social y política contemporánea de Italia en general y de Sicilia en particular.

Los males de Sicilia, según Sciascia, tienen su origen en la propia organización social basada, como en otras sociedades primitivas, en el matriarcado, lo que repesenta un elemento de violencia y un abuso del poder en la sociedad isleña. Estamos hablando de la mafia.
El autor define a la mafia como

“una asociación para delinquir, cuyos fines son el enriquecimiento ilícito de los propios asociados, y que se impone con medios violentos como intermediaria parasitaria entre la propiedad y el trabajo, entre la producción y el consumo, entre el ciudadano y el Estado”.
Haciendo una breve reseña del libro...
Un reconocido pintor italiano (no interesa el nombre) acaba encontrando por casualidad, durante un viaje en coche, un aislado y ascético lugar, mitad ermita mitad hotel, que despierta su interés. En ese lugar, que dirige un cura (el padre Gaetano) se reúnen los jerarcas de la política, la industria y la Iglesia italiana para meditar a la manera de los Ejercicios espirituales que definía san Ignacio de Loyola:
“Por este nombre se entiende todo modo de examinar la conciencia, de meditar, de razonar, de contemplar; todo modo de preparar y disponer el alma, para quitar todas las afecciones desordenadas (apegos, egoísmos, ...) con el fin de buscar y hallar la voluntad divina”.
La mística que envuelve al lugar se hace añicos cuando se produce el asesinato de una de las personalidades notables. A partir de este momento Sciascia nos introduce en el género policíaco pero no para entretenernos, sino para explicar la verdadera naturaleza del poder en su faceta más oculta y corrupta. Todos son sospechos, pintor y cocinero incluidos. Pero realmente no importa la identidad del asesino más que en su aspecto más morboso. Descubrirlo es una mera formalidad, pura burocracia.

"Jamás se conocerá la más mínima verdad si los hechos criminales tienen la mínima relación con la gestión del poder"
Sciascia expone su pensamiento y filosofía de la vida con un lenguaje comunicativo, directo, en el que todo lo que quiere expresar lo hace con claridad sin buscar complicaciones de estilo, describiendo lo esencial. Esto mismo es lo que sucede en Todo modo.

Referencias
  • Sciascia, Leonardo. Todo modo. [traducción de Joaquín Jordá; prólogo de Francisco J. Satué]. Madrid : Unidad, [1999]
  • Díaz Padilla, Fausto. Narrativa italiana en España. Oviedo: Servicio de Publicaciones, Universidad, D.L. 1994

sábado, 9 de abril de 2011

Bernini : el arquitecto de Dios

Gian Lorenzo Bernini (Nápoles, 7 de diciembre de 1598 - Roma, 28 de noviembre de 1680)


Hace unas semanas comenté un par de obras de escultura: Amor y Psique de Cánova y Alegoría del Invierno de Houdon, ambas dentro del Neoclasicismo. Pues bien, esta vez retrocedo un par de siglos y me traslado a la Roma del siglo XVII..., a la Roma de Bernini. ¿Por qué ahora Bernini? Si has visitado Roma la pregunta se contesta por sí sola..., a cada paso que das por la ciudad eterna tropiezas con una obra relacionada con el artista..., ya sea una fuente, una escultura o recibiendo el abrazo gigantesco de la columnata elíptica de la plaza de San Pedro del Vaticano.

Pero mi atención no recae en la ciclópea plaza de San Pedro... o en el oro y bronce de las columnas salomónicas que sostienen el Baldaquino que corona la tumba del fundador de la Iglesia cristiana... Mi atención, repito, camina por la romana Via XX Settembre hasta llegar a una iglesia cuyo letrero anuncia que está dedicada a Santa María della Vittoria. En un rincón de esta basílica, insignificante a los ojos de los viandantes, concretamente en la capilla construída para la familia Cornaro, se encuentra la obra el Éxtasis de Santa Teresa de Ávila. Esta obra es la más conocida y a la vez polémica de Bernini.



Hay que situar a Bernini dentro de la corriente del Barroco. Su importancia para este movimiento artístico solo es comparable a la de Donatello en el Quatroccento y a la de Miguel Ángel en el Renacimiento. El napolitano, inspirado en la antigüedad e impresionado profundamente por la espiritualidad religiosa de San Ignacio de Loyola, presenta al observador la escultura como parte determinante del espacio en el que actúa. Retorna a formas clásicas que desde el manierismo se consideraban en disolución. Con la entronización de su protector el cardenal Maffeo Barberini, como Papa Urbano VIII, comienza en 1623 una nueva etapa para Bernini; el líder de la iglesia cristiana le concede el título de Arquitecto de Dios y le encarga la decoración del interior de la Basílica de San Pedro (como el grandioso Baldaquino sobre la tumba de San Pedro y el monumento funerario del Papa Alejandro VIII, donde aúna arquitectura y escultura de forma magistral).

Al perder el favoritismo papal Bernini es retirado como arquitecto de San Pedro, dedicándose a partir de entonces a obras para encargos privados. En 1647 empieza a trabajar en su obra más admirada y a la vez discutida: el Éxtasis de Santa Teresa de Ávila para la capilla de la familia Cornaro (este cardenal se había convertido en protector de la orden carmelita, que había reformado la santa española) en la mencionada iglesia de Santa María della Vittoria.

Volviendo al lugar de la escena, recuerdo haber entrado en esta basílica cuando la tarde arrojaba los últimos rayos de luz. El interior de la iglesia empezaba a cubrirse de sombras, pero había una capilla que destacaba del resto en luminosidad... era la capilla donde estaba representado el Éxtasis de Santa Teresa. Esta luminosidad tenía su origen en una pequeña claraboya situada en la parte superior de la hornacina donde se encontraba la imagen que iluminaba cenitalmente a todo el conjunto. Esta luz descendía acompañada por la luz artificial representada en los rayos labados en bronce y proporcionaba a la escena una sensación de irrealidad... una sensación de visión mística que era realmente lo que pretendía Bernini. Dentro de la hornacina flanqueada por dobles columnas, estaban representadas dos figuras: el ángel y Santa Teresa. El ángel, con sonrisa pícara, se impone en la escena extendiendo completamente el brazo derecho después de extraer el “dardo de fuego” del corazón de la mujer, y con la tensión grabada en su rostro, sujetando con su mano izquierda un pliegue del hábito de la santa, se dispone a volver a traspasarlo. La mujer, abandonada completamente a la marea de sensaciones que en ese momento la envuelven, se encuentra, apoyada en una nube vaporosa labrada someramente y desafiando la gravedad, en un estado de “suspensión” física y espiritual, en espera de volver a recibir el impacto divino. Los pliegues del hábito magníficamente tallados muestran con poderosa expresividad la fuerte agitación que emana de su cuerpo. La mano y el pie que asoman tímidamente son testigos del desvanecimiento que sufre el cuerpo. Todo el conjunto es una escena, con actores petrificados en el momento álgido de la representación y observados, desde unos graderíos laterales, por unos espectadores, también petrificados, que parecen comentar curiosamente lo que están presenciando... y justo enfrente nos encontramos nosostros, los espectadores reales... igualmente petrificados por la impactante belleza de toda la escena.

Con razón en su época le concedieron el título de Arquitecto de Dios.

   
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 


Referencias
 
  • Jesús, Teresa de, Santa. Libro de la vida. [edición, Dámaso Chicharro]. Barcelona : Altaya, D. L. 1998
  • El barroco : arquitectura, escultura, pintura. [Rolf Toman, edic.]. Colonia : Könemann, cop. 1997. p. 279-291 

sábado, 26 de marzo de 2011

Kaputt / Curzio Malaparte (Prato, Toscana 1898 – Roma 1957)


Leyendo Kaputt (obra de Curzio Malaparte publicada por primera vez en Nápoles en 1944 y nuevamente reeditada por Galaxia Gutenberg en una fantástica traducción), tengo la sensación de estar visitando una pinacoteca, un museo (en varias ocasiones del horror) con una sucesión de cuadros o escenas. En esta visita me detengo ante retratos con escenas de ocas que, pasadas a cuchillo (o “fusiladas en un paredón por miembros de las SS” como imagina el autor), reposan sobre bandejas de plata rodeadas de patatas descuartizadas como compañeras de lecho, rememorando naturalezas muertas y bodegones al estilo del pintor francés Georges Braque.
Ostras / Geroges Braque
También observo cuadros impresionistas con cielos como los de Pierre Auguste Renoir; o tropiezo con el surrealismo costumbrista de Marc Chagall. Me viene a la mente Van Gogh al leer algunas metáforas como la de los girasoles vigilantes con su ojo negro polifémico y sus rubias pestañas.

Girasoles / Vincent van Gogh
 
Le Pont Neuf /
Pierre-Auguste Renoir



Sigo leyendo al ritmo que marca el libro, un ritmo lento, pausado... y esa cadencia permite obsevar con claridad escenas que parecen estar enmarcadas con la Nueva Objetividad de George Grosz: con esa descomposición grotesca de carne y espíritu, con ese caos pictórico que trata de desenmascarar a los que se beneficiaron de la guerra, que no fueron otros que gobernantes, militares, curas y demás.

Los pilares de la sociedad / George Grosz

Algunas escenas descritas en la obra son tremendamente impactantes, como la de los caballos del Ládoga, con sus cabezas emergiendo del lago como piezas de ajedrez sobre un tablero de hielo:
“Al día siguiente, cuando las primeras patrullas de sissit, con los cabellos chamuscados, los rostros negros de humo, caminando con cuidado sobre las cenizas todavía calientes del bosque carbonizado, llegaron a la orilla del lago, un espectáculo horrendo y maravilloso surgió ante sus ojos. El lago era como una inmensa plancha de mármol blanco sobre la cual había colocados cientos y cientos de cabezas de caballo. Parecían cercenadas por el corte limpio de un hacha. Las cabezas eran lo único que emergía de la costra de hielo. Todas miraban hacia la orilla. En sus ojos abiertos ardía aún la llama blanca del terror. Al borde de la orilla, una maraña de caballos furiosamente encabritados sobresalía de la cárcel de hielo.”
“Durante la noche bajó el viento del Norte. (El viento del Norte baja desde Murmansk como un ángel, gritando, y la tierra muere de repente.) Empezó a hacer un frío terrible. De pronto, con su característico sonido de vidrio agrietado, el agua se heló.”

(Para los más escépticos, les invito a leer un capítulo dedicado a este increíble suceso, sacado de la obra La hora de embriagarse: ¿Tiene sentido el universo? del reconocido astrofísico canadiense Hubert Reeves, donde explica el fenómeno de la Sobrefusión y su relación con los caballos del Ládoga. Dejo el enlace a este texto en el apartado de Referencias).
 
Escultura dedicada a los caballos del Ládoga en Moscú

Todavía tengo en la retina la escena que narra la aventura de ese niño de trece años que, después de disparar el sólo contra todo un ejército nazi desde un pueblo abandonado, es capturado y puesto a disposición de un soldado para ejecutarlo. El capitán alemán, en un ataque efímero de compasión al verlo tan joven, decide jugar de forma macabra con el niño a adivinar cuál de sus ojos es de cristal: si acierta salva la vida...desde luego que es un juego ideal para niños. El muchacho acierta sin vacilar y el capitán, receloso por tan rápida respuesta le pregunta cómo lo ha averiguado: “Por que es el único que tiene expresión humana” responde el crío con sorprendente firmeza.

Son innumerables las anécdotas que se suceden en el libro. Recuerdo con ternura la de un matrimonio alemán con dos niños pequeños. Ante el bombardeo de los ingleses uno de los niños cae enfermo a consecuencia del miedo; los padres, con una entereza admirable, deciden hacer de esa guerra un juego, convirtiendo las bombas lanzadas por los aviones ingleses en regalos para los pequeños. Ante cada estallido, padres e hijos gritan de alegría. Cuando los aviones se alejan los niños salen corriendo al jardín y encuentran sus regalos repartidos entre la hierba: una muñeca por allí, un caballo de madera por allá... Me recuerda a la película de Roberto Benigni La vida es bella, donde el protagonista, Guido, decide hacer creer a su hijo Josué mientras están en un campo de concentración que todo se trata de un juego en el que sólo ganará si no se deja ver por los "gruñones" guardias alemanes. 

Malaparte describe con habilidad cómo toda una generación quedó reducida a escombros, al igual que los edificios derruídos por las bombas; plasma en un magnífico mosaico a una generación moribunda que hizo kaputt y que deberá renacer de su cenizas.


Navegando por internet he leído comentarios sobre la dudosa credibilidad de algunos acontecimientos que narra Malaparte en su obra: como el de los caballos del Ládoga; en otros se le tacha de fabulista: como en el episodio del niño y el ojo de cristal. Lo único que puedo decir al respecto, es que no me importa en absoluto si lo que estoy leyendo lo vivió realmente el autor o no; me importa la manera de contarlo, las sensaciones que te atrapan, la habilidad del narrador para hacerte cosquillas en el alma: eso es literatura de verdad y mucho más de lo que le puedo pedir a un libro.
Curzio Malaparte es literatura... y de la buena.

Referencias

jueves, 17 de marzo de 2011

Seis personajes en busca de autor / Luigi Pirandello (1867 – 1936)

Luigi Pirandello (Sicilia, 1867 – Roma 1936)


Lo único que no me gusta de los libros, si hay algo que reprochar, es que impiden que pueda leer otro. Cuando estoy a punto de terminar una obra miro por el rabillo del ojo la siguiente víctima y empiezo a sentir una especie de cosquilleo de satisfacción pensando en lo próximo que voy a escoger... Es como desenvolver un regalo. Me gusta plantarme delante de los estantes de mi biblioteca y observar los libros con detenimiento. Es un ritual que hago siempre antes de elegir lo que voy a leer. Incluso sin nada que leer, en determinadas ocasiones, desplazo la vista a izquierda y derecha, arriba y abajo, hasta que saco algún ejemplar que empieza a girar en mi mano y, en un abrir y cerrar de páginas, vuelve de nuevo a su lugar... En ocasiones me topo con alguno que leí hace muchos años, siendo aún niño, y lo empiezo a ojear... es como diseccionar la memoria para ver los recuerdos. Me sorprendo recordando incluso lo que hacía exactamente al leer ese párrafo, esa frase, al ver esa ilustración... Algunos de los mejores momentos venían cuando el termómetro de mi cuerpo superaba los treinta y ocho y la gripe me impedía ir al colegio, obligándome, con un poco de cuento (todo sea dicho), a estar en cama un día entero entre zumos de naranja y tebeos de El guerrero del Antifaz. En otros, recuerdo tardes oscuras de silencio, viento y agua; tardes de tormenta que obligaban a desconectar cable y antena del televisor mientras sentado frente a la poca luz que entraba por el cristal, devoraba las Narraciones extraordinarias de Adgar Allan Poe... Es fantástico poder recordar todas esas cosas al pasar unas pocas páginas. Por eso, romanticismos aparte, nunca sustituiré un libro viejo, usado y roto por una tableta con pilas (llámese e-book, Ipad, o como sea.).
 
En fin... recordaba todas estas cosas al toparme con un pequeño ejemplar que apenas se veía entre el estante: “Seis personajes en busca de autor”; obra dramática de Luigi Pirandello representada por primera vez en Italia en 1921 y que le dio, ipso facto, resonancia europea y mundial acompañada por discusiones y polémicas. Tanto es así que el mismo día de su estreno se formó una buena “tangana” entre los espectadores que estaban a favor y en contra de la obra; empezaron dentro del teatro y continuaron después en la calle llegando incluso a las manos... a torta limpia.

En su teatro Pirandello advirtió con claridad la imposibilidad de presentar al hombre problemático moderno continuamente cambiante (“no hay hombre –había escrito en el ensayo sobre el humorismo citando a Pascal- que se distinga más de otro que de sí mismo a lo largo del tiempo”), con la técnica usual del “carácter”, del personaje con rasgos definidos, siempre igual a si mismo. Por eso creó “pesonajes” saliendo incluso de los límites de lo real para llevar a la escena fantasmas que asomaban a su fantasía de artista, aún por definir; es decir, sin haber intervenido en una obra ya completa, y que sin embargo están ansiosos por vivir. De esta manera surge la pregunta que se hace el propio autor:
“¿Qué autor podrá contar alguna vez cómo y por qué un perso¬naje nació en su fantasía? El misterio de la creación artística es el mismo misterio del nacimiento. Puede ser que una mujer, amando, desee convertirse en Madre, pero el deseo por sí sólo, por más in¬tenso que sea, no basta.”
Y así, la Fantasía, ejerciendo como diosa de la fertilidad, provoca el nacimiento de seis personajes gestados en la mente del autor. Autor que, después de crearlos se niega a representarlos en alguna de sus obras. Pero estos personajes, no resignándose a permanecer en el olvido, se independizan del autor que los creó y se dedican a deambular por los teatros en busca de algún otro que los haga definitivamente inmortales.

Así comienza esta historia... con los seis personajes irrumpiendo en un teatro durante el ensayo de una obra (curiosamente una obra de Pirandello: El juego de roles). La incredulidad del director y los actores de este teatro es tremenda, sobre todo cuando estos personajes se presentan como tales... como personajes que proceden de la fantasía del autor que los creó vivos y, sin concluir la historia, los abandonó sin volver a hacer caso de ellos.

Cada personaje cuenta su historia, pero reviviéndola a su manera, compadeciéndose solamente así mismo. La tragedia de cada uno es que no puede tener otra vida, pues siempre va a ser la misma: el padre con su vergüenza de haber coincidido con su hijastra en la casa de citas de cierta Madama Paz; la Madre, el personaje más trágico de la obra, con esa imagen tan grotesca al llevar a sus dos hijos de la mano (“Es, en resumen, naturaleza...”, dice el autor); hijos de la mano de su madre que permanecen en perpetuo silencio; silencio necesario ya que están muertos y ese es su papel; la hijastra, que se siente la única víctima de toda la historia culpando a todos de su situación; otro hijo que, negándose a representar una tragedia, solo acepta el papel de cómico, pero su lugar en el escenario está situado donde ocurren los acontecimientos más trágicos de la historia y no puede ser otro. Cada uno de ellos lleva tatuado el destino trágico que le corresponde... imposible de borrar.

La obra forma parte, junto con Cada uno a su manera y con Esta noche se representa improvisando, de la trilogía del “Teatro en el teatro”, tratando en todas ellas de un modo particular el conflicto entre personajes y actores.

Pirandello sitúa en el mismo plano realidad y fantasía. En un mismo escenario convergen actores y personajes y el mero hecho de que buena parte de la acción transcurra en las escaleras que dividen escenario y patio de espectadores es una muestra clara de las pretensiones del autor italiano: trasladar al espectador a ese mundo de fantasía y hacerlo partícipe de la obra.

Referencias
  • Petronio, Giuseppe. Historia de la literatura italiana. Madrid : Cátedra, D. L. 1990
  • Diccionario literario de obras y personajes de todos los tiempos y de todos los países. Bompiani, Valentino (ed. lit.). Barcelona : Hora, 1992. Vol. IX, p. 505-506
  • Diccionario de autores de todos los tiempos y de todos los países. Bompiani, Valentino (ed. lit.). Barcelona : Hora, 1992. Vol. IV, p. 2164-2170

viernes, 4 de marzo de 2011

Alegoría del Invierno / Jean-Antoine Houdon (Versalles, 1741 - París, 1828)

Houdon Jean-Antoine - Alegoría del Invierno (Musée Fabre. Montpellier, 1783)

Dicen que un libro conduce a otro... y es totalmente cierto. En este caso puedo decir que una escultura lleva a otra. Después de mi experiencia con Amor y Psique, de Canova, no he podido resistir la tentación de seguir indagando en esa época que los expertos denominan Neoclasicismo. En este viaje a través del mármol, de la Italia de Canova me he trasladado a la Francia de Jean-Antoine Houdon.


Para acercarnos un poco más a este artista, puedo decir que dedicó prácticamente toda su carrera al retrato a pesar de que en un princípio no le llamase esta técnica. Llegó a establecer criterios totalmente nuevos de verosimilitud física y psicológica que reflejan el pensamiento ilustrado.

Durante su estancia en Roma Houdon diseñó un ecorché (término francés para la figura anatómica desollada sin la piel y con los músculos al aire) que pasó a convertirse en parte del equipamiento básico de casi toda academia de arte. Como retratista, habría de estudiar a sus modelos como lo había hecho con los cadáveres para la ecorché, es decir, tomando medidas exactas de la realidad. Esta preocupación por la exactitud de los rasgos no les hizo perder vitalidad, al contrario, las dotaba con una nueva autenticidad.

Su primer gran triunfo como retratista es el busto de Diderot (1771). Las alabanzas de los críticos insisten en su “naturalidad”, en la forma en que nos transmite la personalidad del modelo. Lo que lo distingue de todos los retratos anteriores en busto es la aparente ausencia de estilo reconocible, como si el escultor hubiera suprimido su propia individualidad. Proyecta una sensación de “presencia viva”. Aquí, por primera vez, nos conocemos a nosotros mismos; el Diderot de Houdon es la primera imagen del hombre moderno: escéptico, antihéroe, con su peculiar mezcla de emoción y racionalidad.

El Voltaire de Houdon, para quien posó semanas antes de su muerte, fue aclamado como su mejor obra. El Voltaire sentado es un retrato “heroicizado”, envuelto el frágil anciano en una toga romana con algo de pelo, aunque carecía de ello por completo. El Voltaire sentado se convirtió en monumento público. El objetivo, acorde con la nueva actitud moralizante del reinado de Luis XVI, era “reavivar la virtud y el patriotismo” del público. La idea tuvo su origen en Francia, pero fueron los ingleses los primeros en llevarla a cabo con el Templo de Glorias británicas.

En 1778, cuando Houdon se convirtió en francmasón, tuvo ocasión de conocer y de retratar a Benjamín Franklin y las replicas del busto difundieron la fama del artista por el nuevo mundo. Así, cuando el congreso de Virginia decidió encargar una estatua en mármol de George Washington, la elección más natural era Houdon. La estatua no se levantaría en la rotonda del Capitolio del estado de Virginia hasta 1796.


Pero no estoy escribiendo esta entrada por los bustos y retratos de los Grandes Hombres o los Ilustrados. Mi atención está completamente dedicada a su obra Alegoría del Invierno, finalizada en 1783.

Veo a una mujer joven, ligeramente cubierta por un velo. Esta prenda oculta su cabeza, se desliza por sus hombros, sin llegar a cubrir completamente los brazos y, cruzando entre sus piernas desnudas, cae hacia el suelo, volviéndose a elevar para, al final, posarse en la boca de un jarrón, de aspecto clásico, situado justo detrás de la mujer. Su postura, ligeramente encogida y con los brazos cruzados sobre el regazo proporcionándose calor, es la única nota de calidez que transmite el conjunto.

Si hago honor al título de esta obra pienso, en un primer momento, que Houdon ha querido representar el Invierno metamorfoseándolo en una diosa, dotándola con los atributos de una mujer para aproximarla a nosotros, a los mortales.

Pero fijándome más detenidamente no puedo dejar de sentir cierta inquietud... El mero hecho de intentar cubrir su cuerpo con sus propios brazos, sin ayuda aparente de nadie que pueda estar cerca, acentúa la soledad de la imagen. Bajo la vista y me fijo en sus pies... que pisan levemente el velo y se elevan discretamente apoyados en la base del jarrón ligeramente roto. Todo este conjunto: su soledad, su desnudez, su rostro inclinado con apariencia de no querer mirar al frente, la proximidad de ese jarrón dañado de aspecto clásico... todo esto, repito, me hace pensar en una mujer atrapada, “arrinconada” si me permitís la expresión, asustada ante una tragedia reciente; pienso en una mujer que, en la Pompeya devastada por la erupción del Vesubio, ha perdido todo teniendo como único refugio un velo y como único apoyo un deteriorado jarrón. O quizá es la víctima de una auténtica tragedia griega de Esquilo, de Sófocles... En fín, prefiero pensar que se trata de un homenaje al invierno.



Referencias

  • Neoclasicismo y Romanticismo : arquitectura, escultura, pintura y dibujo : 1750-1848. [editado por Rolf Toman]. Colonia : Könemann, 2000
  • Rosenblum, Robert. El arte del siglo XIX. [H. W. Janson ; traducción, Beatriz Dorao Martínez-Romillo, Pedro López Barja de Quiroga]. Madrid : Akal, 1992
 

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